"En defensa de la conversación". El poder de la conversación en la era digital.

                       

Basado en el Libro de Sherry Turkle, "En defensa de la conversación". El poder de la conversación en la era digital.

 Sobre la autora

 Sherry Turkle es una reconocida psicóloga e investigadora norteamericana. Nació en 1948 en Nueva York. Estudió sociología y psicología en la Universidad de Harvard. Actualmente, es profesora en el Instituto de Tecnología de Massachusetts donde fundó la Iniciativa sobre la Tecnología y el Yo. Además, ha escrito siete libros centrados en la interacción del ser humano con la tecnología, como, por ejemplo, The Second Self: Computers and the Human Spirit (1984), La vida en la pantalla: la construcción de la identidad en la era de internet (Paidós Ibérica, 1997) y Alone Together (2011).

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Solo cuando vemos la cara del otro y oímos su voz, nos comportamos de forma más humana entre nosotros. (Pag.38) escribe Sherry Turkle.

 Al leer el libro me he dado cuenta de que yo también estaba metido de lleno en la tecnología y estaba dejando de lado la conversación. Me gusta practicar lo que escribe Sherry Turkle, incluso se me ha pasado por la cabeza crear EL CLUB EN DEFENSA DE LA CONVERSACION: UN GRITO DE LLAMADA A LA CONVERSACION.

 La conversación cara a cara es el acto más humano, y más humanizado, que podemos realizar, cuando estamos plenamente presentes ante otro, aprendemos a escuchar. es así como desarrollamos la capacidad de sentir empatía. Este es el modo de experimentar el gozo de ser escuchados, de ser comprendidos. (pag.15)

 Así que como el tiempo es finito intentaré seguir encontrando momentos de conversación y no de mera conexión. (pag.44)

«¿Por qué un libro sobre la conversación? Al fin y al cabo, nos pasamos todo el tiempo hablando. Nos enviamos mensajes de texto, escribimos publicaciones y chateamos. Puede incluso que empecemos a preferir el mundo de nuestras pantallas. Entre la familia y entre los amigos, entre nuestros colegas y nuestros amantes, recurrimos a nuestros teléfonos en lugar de hacerlo los unos a los otros. Admitimos libremente que nos gusta más enviar un mensaje o un correo electrónico que embarcarnos en una reunión cara a cara o incluso hacer una mera llamada telefónica.

 Esta nueva vida indirecta nos ha acarreado problemas. La conversación cara a cara es el acto más humano, y más humanizado, que podemos realizar. Cuando estamos plenamente presentes ante otro, aprendemos a escuchar. Es así como desarrollamos la capacidad de sentir empatía. Este es el modo de experimentar el gozo de ser escuchados, de ser comprendidos. Además, la conversación impulsa la introspección, esa conversación con nosotros mismos que constituye la piedra angular de nuestro desarrollo temprano y que continúa durante toda nuestra vida.

 Pero hoy en día buscamos formas de evitar la conversación. Nos escondemos los unos de los otros a pesar de estar constantemente conectados los unos con los otros. En nuestras pantallas, tenemos la tentación de presentarnos como nos gustaría ser. Por supuesto, cierto grado de actuación forma parte de todo encuentro, en cualquier lugar, pero en internet y con todo el tiempo del mundo, es fácil componer, editar y mejorar a medida que revisamos.».

 La conversación, el diálogo. Y no solo me refiero a un diálogo entre tú y yo, sino también entre tú y otros, de forma que todos nos enriquezcamos.

 Aunque no pueda ser presencial, aunque no podamos mirarnos directamente a los ojos, podemos hablar por aquí sin fingir ser quienes nos gustaría ser. Siendo simplemente quienes somos gracias a lo que leemos y hemos leído. (Así tendría que ser la conversación por redes sociales)

 

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La gran verdad y el chiste:

Anoche mi madre y yo estábamos sentados en la sala hablando de cosas de la vida… entre otras… estábamos hablando del tema de vivir/morir.

Le dije: ‘Mamá, nunca me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de una botella… Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me mantienen vivo. PREFIERO MORIR’.

Entonces, mi madre se levantó con cara de admiración… Y me desenchufó el televisor, el DVD, el cable de Internet, el PC, el mp3/4, la Play-2, la PSP, la WII, el teléfono fijo, me quitó el móvil, la ipod, y me tiró todas las cervezas.

¡La madre que la parió!… ¡CASI ME MUERO!

¡JA, JA, ¡JA!

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 Tras entrevistar durante cinco años a cientos de personas en el ámbito laboral, familiar y educativo y después de reflexionar sobre sus propias experiencias y de revisar estudios sobre el asunto, Sherry Turkle publica en España este 8 de febrero 'En defensa de la conversación' (Ático de Los Libros), un análisis sobre el riesgo que corremos al perder la capacidad de hablar a la cara, al eliminar el contacto visual, al negarnos la espontaneidad en una charla en persona. Casi 500 páginas sobre esta "grave amenaza" que tenemos encima, este conversicidio que estamos cometiendo, pero con un mensaje optimista: "estamos a tiempo de atajar el problema. Tenemos lo más importante, nos tenemos los unos a los otros”. En "el libro que hará que hablemos sobre cómo ya nunca hablamos", según lo describió 'The Washington Post' y que "evoca un periodo, no muy lejano en el tiempo, en el que la conversación, la privacidad y el debate no eran boutiques de lujo", como escribió The New York Times', esta psicóloga -no anti tecnológica pero sí pro-conversación- habla de una "crisis de empatía", porque "incluso un teléfono en silencio sobre la mesa nos desconecta". Turkle constata que ahora "esperamos más de la tecnología y menos del otro" y que "hemos sacrificado la conversación por la mera conexión". Pero que tras esto se esconde una dolorosa realidad: "la sensación de que nadie nos escucha”. Ha surgido un nuevo ser, multitarea, hiperconectado, que se define por "comparto, luego existo", pero que, paradójicamente, se siente más solo. "Hemos pasado de estar en una comunidad a tener la sensación de estar en una comunidad. ¿Hemos pasado también de la empatía a la sensación de empatía? ¿De la amistad a la sensación de la amistad? Debemos prestar mucha atención a esto", advierte la especialista del MIT. "No soportamos estar a solas" En una entrevista con EL MUNDO, Turkle comenta que al poco de empezar a investigar se dio cuenta de "la estrecha relación que existía entre la huida de la conversación y la huida de la soledad. La gente tiene miedo de pasar tiempo a solas. Trabajos realizados con estudiantes universitarios demuestran que éstos prefieren administrarse descargas eléctricas a sí mismos antes que estar a solas con sus pensamientos, sin teléfono, sin dispositivos o sin un libro. Para estos jóvenes, la soledad, con su carencia de estímulos externos, es algo literalmente insoportable". Han leído bien. Descargas con tal de no estar consigo mismos. Suena a ciencia ficción, pero es una escena de hoy.

Una cuarta parte de los adolescentes se conectan a un dispositivo durante los cinco primeros minutos después de despertar. Envían una media de 300 mensajes de texto al día.

 

"La presencia de dispositivos interactivos que siempre llevamos encima implica que nunca más tenemos que sentirnos solos. Esto se hace evidente en la cola del supermercado o en un semáforo en rojo: la gente no se permite tiempo para reflexionar. Pero la capacidad para pasar tiempo con uno es un requisito para cualquier relación", añade la autora. Y es importante porque trasciende el ámbito privado. Lo explica Turkle: "Ahora mismo en EEUU estamos viviendo un momento en el que necesitamos pensar profunda y críticamente sobre cuestiones políticas. No podemos limitarnos a reaccionar sin más", a tuitear sin más, "necesitamos pensar las cosas con calma. Reflexionar las consecuencias. Hablar con uno para poder hablar luego con los demás”. Pero esto no está ocurriendo. "Hacemos cosas que eran muy raras, pero a las que nos hemos acostumbrado muy rápido. Por ejemplo, mandamos SMS o entramos en Facebook durante reuniones corporativas. Chateamos en funerales. Nos alejamos de nuestro duelo para meternos en el móvil. Y lo que creo es que nos estamos metiendo en un problema", indica la psicóloga. Paradójicamente esta entrevista se produce gracias a las nuevas tecnologías y a través del correo electrónico, no en persona. Una forma elegida por la propia Turkle, pero en la que admite que nos perderemos cosas. "No se producirá una serendipia, no descubriremos nuestros intereses comunes, no habrá química. No tendré la posibilidad de entablar una amistad con alguien de España", responde por la parte que le toca. Pero la investigadora del MIT quiere dejar clara una cosa: "He conocido a muchísima gente que describe la gran intimidad y la increíble calidez, sensualidad y conexión que sienten cuando se comunican a través de mensajes. Siento un nuevo respeto por lo que los mensajes son capaces de conseguir. Nos ofrecen una forma divertida, a veces erótica, a veces emocional y, a menudo, emocionante de comunicarnos. No estoy en contra de eso. Pero hay cosas que sólo la conversación puede aportarnos y es importante admitirlo”. Conversaciones en cuatro sillas. Matizado el hecho de que no propone el cara a cara en detrimento de los mensajes y que ésa es una discusión en la que no cree, Sherry analiza la conversación en todas las esferas y para ello recurre a las tres sillas que imaginó el escritor y filósofo Thoreau cuando se retiró al estanque Walden: las conversaciones con "una silla" -las que mantenemos con nosotros mismos, en soledad-; las de dos sillas -las charlas con los amigos- y las de tres sillas -las que se producen en el mundo laboral y educativo-. No obstante, la psicóloga añade una "cuarta silla": para las conversaciones que mantenemos con máquinas.

 Empecemos por lo que Turkle ha observado que nos sucede cuando estamos a solas con nosotros mismos. Y que es, básicamente, que no lo aguantamos. Esta experta insiste en la importancia de "encontrarnos a nosotros para hablar con los demás. Si no enseñas a tus hijos a estar a solas, únicamente aprenderán a ser personas solitarias”. “Hoy en día los padres no quieren que los hijos tengan ningún rato muerto. Pero el aburrimiento infantil es un motor, es la chispa que enciende la imaginación". Hablando con padres, la investigadora percibe que "se dan cuenta de que sus hijos son menos empáticos de lo que deberían ser a su edad". De hecho, según explicaron los maestros de una escuela estadounidense, "los niños de 12 años juegan en el patio como si tuvieran ocho. Se excluyen unos a otros como lo harían los chicos más pequeños. Y lo más doloroso es que no son capaces de ver cuándo hieren los sentimientos de los demás. Luego se sientan en el comedor y miran el teléfono. Cuando comparten cosas, lo que comparten es lo que hay en sus teléfonos. La vieja conversación enseñaba a sentir empatía. Estos estudiantes parecen comprenderse cada vez menos". Y la situación empeora a medida que crecen. Según los estudios "durante los últimos 20 años hemos presenciado un declive de un 40% en los marcadores de empatía entre los estudiantes universitarios".

El 66% de los trabajadores que participaron en una encuesta afirmó no ser capaz de concentrarse en una sola cosa debido a las nuevas tecnologías.

 


Lo irónico es que "los padres se quejan de que los niños no quieren hablar con ellos porque están ocupados con el teléfono a la hora de comer; los hijos se quejan de que sus padres hacen lo mismo". No entienden que "las conversaciones en el seno de la familia son el campo de entrenamiento de la empatía y que no hay mejor manera de desincentivar el bullying que dotar a los niños de la capacidad de ponerse en el lugar del otro y reflexionar sobre el impacto de sus acciones". Dice la autora que "estamos privando a los niños no sólo de palabras, sino también de adultos que los miren a los ojos". Y lanza una pregunta al aire: ¿Prestaremos atención si, una década después, temerosos de quedarnos solos, nuestros hijos nos muestran el precio que hemos pagado?”. Primer paso: recuperar la atención. Una encuesta realizada en 2013 demostró que un 20% de la gente entre 18 y 34 años contestaba al teléfono mientras mantenía relaciones sexuales. Nueve de cada 10 estudiantes afirma enviar mensajes de texto en clase. El 80% duerme con sus móviles. Un 44% admite que nunca desconecta. "Recuperar la conversación empieza por recuperar nuestra atención", explica Turkle, que afirma que "las primeras generaciones de niños que crecieron con teléfonos inteligentes no saben cómo entablar una conversación ni se sienten cómodos cuando lo hacen, les provoca ansiedad". De hecho, los estudios citados en el libro demuestran que quienes pasan mucho tiempo conectados tienen menor capacidad para identificar sentimientos. Son menos empáticos y menos creativos. La amistad, recoge el ensayo, también se resiente porque parece que "ahora consiste en estar siempre disponible, siempre alerta, por si hay alguna emergencia". Y ahí viene otra paradoja: cuando estamos separados: hipervigilancia. Cuando estamos juntos: falta de atención. El mundo laboral tampoco es ajeno a esto. Cientos de empresarios entrevistados para el libro reconocen sin titubeos que la conversación cara a cara es "un requisito para construir confianza, para vender algo y para cerrar un trato", además de mejorar la productividad y las relaciones entre empleados. La cuarta silla que incorpora Turkle hace referencia a la tentación que sentimos no sólo de hablar a través de máquinas sino de hablar con máquinas. "El término inteligencia solía implicar sensibilidad, capacidad de percepción, conciencia, discernimiento, razón, agudeza e ingenio. Y, sin embargo, ahora decimos tranquilamente que las máquinas son inteligentes". Y ¿de qué hablamos cuando hablamos sobre las conversaciones que mantenemos con las máquinas? "Hablamos de nuestro miedo a los demás, de nuestras decepciones con los demás, de nuestra falta de vida en comunidad, de nuestra falta de tiempo". Y mientras "tratamos a las máquinas como si fueran casi humanas, tratamos a los seres humanos como si fueran casi máquinas". Cierto. Su tesis nos deja tocados, pero aún no hundidos. A pesar de este panorama, no es demasiado tarde. "Tenemos tiempo para recordar quienes somos: criaturas con historia. Criaturas de conversaciones toscas, arriesgadas y cara a cara". Por eso "es hora de recuperarlo". Porque hablar no cuesta nada, pero la conversación no tiene precio. ¿Qué podemos hacer desde ya?

        Pautas de Turkle:

      Ø  No vayas a todas partes con un dispositivo en la mano.

Ø  Disminuye la velocidad, aprende a escuchar tu voz interior.

Ø  Tómate tu tiempo y tómate tiempo para estar tranquilo.

Ø  Crea espacios sagrados para la conversación.

Ø  Habla con la gente con la que no estés de acuerdo.

Ø  Nuestros prejuicios afectan tanto a nuestra conversación como nuestras distracciones.

Ø  Intenta evitar pensar en términos dicotómicos. (División de un concepto o una materia teórica en dos aspectos, especialmente cuando son opuestos o están muy diferenciados entre sí).

Ø  El mundo digital se basa en elecciones binarias, pero nuestro pensamiento no puede operar de ese modo.

 


'Hay una pelicula , ahora se puede ver en Youtobe."El dilema de las redes sociales",  un buen documental de Netflix sobre los peligros

de internet que a veces cae en las trampas que denuncia


Nunca hay suficientes documentales que adviertan sobre los peligros de internet: prácticamente cada temporada hay un nuevo evento de tintes trágicos que el mal uso de las redes sociales empeora o directamente dispara. 2020 está siendo especialmente tumultuoso en ese sentido: incendios como la pandemia global o países con situaciones sociales y políticas especialmente tensas son regados con la gasolina de las fake news, la polarización de la opinión y la sospecha de que somos conejillos de indias de corporaciones tecnológicas cuyas intenciones reales no somos capaces de entender.


De todo ello habla un poco, picoteando de forma ligera, este nuevo documental de Netflix. Absolutamente todas las voces que hablan en él lo hacen desde el conocimiento profundo del tema: psicólogos expertos en adicción, ensayistas expertos en desconexión digital y, sobre todo, ex-empleados de Google, Facebook, Twitter o Instagram que saben de primera mano cómo funcionan las mecánicas de esas redes. Al fin y al cabo, las crearon ellos.

Es ciertamente impresionante ver a una gran cantidad de genios tecnológicos, algunos creadores de ingredientes de tanto impacto en nuestra vida cotidiana como el botón de "Me gusta" o la versión primigenia de Instagram, reconocer que han puesto su grano de arena en la creación de un monstruo. En el tramo final del documental, uno de ellos afirma que nunca creyeron que algo que estaba pensado para transmitir positividad y buen rollo, como el mencionado botón de "Me gusta", iba a servir para justo lo contrario: crear adictos a la aceptación ajena, ser usado como arma arrojadiza y como atajo para la división política.

Otros invitados son fascinantes por su implicación en algo abiertamente diabólico desde su misma definición: por ejemplo, expertos en 'growth hacking', una disciplina que literalmente definen como "piratear la psicología de la gente" para conseguir más interacciones y que invites a más usuarios. Es decir, responsables de un ansia desproporcionada de crecimiento... pero luego esos ingenieros aparecen compungidos y dando charlas por la desconexión digital y advirtiendo de los peligros de sus propias IAs laberínticas y fuera de control. ¡Y el cargo que ostentaban estaba solo un peldaño por debajo de "Señor del mal"!


Un documental irregular pero necesario

Juntos -los convencidos, los arrepentidos y los iluminados- conforman el amplio espectro de entrevistados por el director del documental, Jeff Orlowski. Son gente como Tim Kendall, ex-director de monetización de Facebook; Jeff Seibert, ex-jefe de producto de consumo de Twitter; Justin Rosenstein, coinventor de las páginas de Facebook, y muchos más. El proyecto nació cuando Orlowski se enfrentó a la realidad de los negacionistas del cambio climático. ¿Por qué había tantos y por qué estaban tan convencidos?

El documental intenta dar respuesta a eso explicando los sofisticados mecanismos de persuasión de las redes sociales y por qué creemos que el algoritmo nos muestra cosas que nos interesan, pero eso no es del todo cierto. Más bien las plataformas nos manipulan para que nos interese lo que nos enseñan a través de contenidos relacionados, lo que nos polariza y nos hace creer en verdades absolutas y sn posibilidad de relativización.

 


Hay empresas que tiene extensos informes con tus datos personales recopilados en Internet y los venden por más cien euros

El documental hace un estupendo trabajo en su labor expositiva. Conceptos abstractos o que hacen referencia a procesos informáticos complejos bajan a tierra de forma efectiva gracias a las instructivas declaraciones de los responsables de redes sociales, y otros profesionales implicados lateralmente en el tema de los daños que internet hace en la sociedad. El problema es que a veces el documental se rebaja a hacer aquello mismo que denuncia.

Para que no todo sean bustos parlantes en la producción, Orlowski rueda una serie de episodios de ficción en la que vemos el impacto en una familia del mal uso de las redes sociales. A veces es instructivo: entendemos con facilidad, por ejemplo, cómo incluso en momentos en los que no tenemos un móvil a mano, el sistema se las arregla a través de nuestra red de contactos para llamar la atención. El problema está cuando decide dar un paso más allá y llevar a los personajes por un camino autodestructivo que es creíble y posible, pero que hace poco por dar credibilidad al mensaje de advertencia de 'El dilema de las redes sociales', pecando de cierto simplismo.                         

 He mirado todos los datos que Google tiene sobre mí, y confirmo que es el Gran Hermano definitivo

Lo mismo sucede con algunas piezas inspiradas en 'Del revés', la película de Pixar, donde vemos antropomorfizados los procesos de las redes sociales para mantener enganchados a sus usuarios. Es simpático y la intención es buena, pero hace que el documental caiga de nuevo en su propia trampa: afirma que la información que nos llega a través de Facebook es simplista y está polarizada, y Orlowski usa caricaturas grotescas para simbolizar el poder de las redes sociales. Estas caricaturas son indudablemente pedagógicas y están ahí con la mejor de las intenciones, pero un tema tan serio y amenazante pedía un tratamiento más sobrio.

El resultado, no obstante, es interesante, sobre todo por la calidad de los invitados que acuden a contar su experiencia desde las tripas de la bestia. Si bien en el tramo final el documental se centra en aspectos menos interesantes que los mecanismos de prestidigitación psicológica que convierten a Facebook o Instagram en artilugios tan infecciosos, e insistentemente se niegan a señalar a culpables con nombres y apellidos, esta producción es un estupendo primer paso antes de inmersiones más profundas en la materia.

 

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