"En defensa de la conversación". El poder de la conversación en la era digital.
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Solo cuando vemos la cara del otro y oímos su voz, nos comportamos de forma más humana entre nosotros. (Pag.38) escribe Sherry Turkle.
«¿Por qué un libro sobre la conversación? Al fin y al cabo, nos pasamos todo el tiempo hablando. Nos enviamos mensajes de texto, escribimos publicaciones y chateamos. Puede incluso que empecemos a preferir el mundo de nuestras pantallas. Entre la familia y entre los amigos, entre nuestros colegas y nuestros amantes, recurrimos a nuestros teléfonos en lugar de hacerlo los unos a los otros. Admitimos libremente que nos gusta más enviar un mensaje o un correo electrónico que embarcarnos en una reunión cara a cara o incluso hacer una mera llamada telefónica.
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La gran verdad y el chiste: Anoche mi madre y yo
estábamos sentados en la sala hablando de cosas de la vida… entre otras…
estábamos hablando del tema de vivir/morir. Le dije: ‘Mamá, nunca
me dejes vivir en estado vegetativo, dependiendo de máquinas y líquidos de
una botella… Si me ves en ese estado, desenchufa los artefactos que me
mantienen vivo. PREFIERO MORIR’. Entonces, mi madre se
levantó con cara de admiración… Y me desenchufó el televisor, el DVD, el
cable de Internet, el PC, el mp3/4, la Play-2, la PSP, la WII, el teléfono
fijo, me quitó el móvil, la ipod, y me tiró todas las cervezas. ¡La
madre que la parió!… ¡CASI ME MUERO! ¡JA, JA, ¡JA! ____________________________________________________ |
Una cuarta parte de los adolescentes se conectan a un
dispositivo durante los cinco primeros minutos después de despertar. Envían una
media de 300 mensajes de texto al día.
"La presencia de
dispositivos interactivos que siempre llevamos encima implica que nunca más
tenemos que sentirnos solos. Esto se hace evidente en la cola del supermercado
o en un semáforo en rojo: la gente no se permite tiempo para reflexionar. Pero
la capacidad para pasar tiempo con uno es un requisito para cualquier
relación", añade la autora. Y es importante porque trasciende el ámbito
privado. Lo explica Turkle: "Ahora mismo en EEUU estamos viviendo un
momento en el que necesitamos pensar profunda y críticamente sobre cuestiones
políticas. No podemos limitarnos a reaccionar sin más", a tuitear sin más,
"necesitamos pensar las cosas con calma. Reflexionar las consecuencias.
Hablar con uno para poder hablar luego con los demás”. Pero esto no está
ocurriendo. "Hacemos cosas que eran muy raras, pero a las que nos hemos
acostumbrado muy rápido. Por ejemplo, mandamos SMS o entramos en Facebook
durante reuniones corporativas. Chateamos en funerales. Nos alejamos de nuestro
duelo para meternos en el móvil. Y lo que creo es que nos estamos metiendo en
un problema", indica la psicóloga. Paradójicamente esta entrevista se produce
gracias a las nuevas tecnologías y a través del correo electrónico, no en
persona. Una forma elegida por la propia Turkle, pero en la que admite que nos
perderemos cosas. "No se producirá una serendipia, no descubriremos
nuestros intereses comunes, no habrá química. No tendré la posibilidad de
entablar una amistad con alguien de España", responde por la parte que le
toca. Pero la
investigadora del MIT quiere dejar clara una cosa: "He conocido a
muchísima gente que describe la gran intimidad y la increíble calidez,
sensualidad y conexión que sienten cuando se comunican a través de mensajes.
Siento un nuevo respeto por lo que los mensajes son capaces de conseguir. Nos
ofrecen una forma divertida, a veces erótica, a veces emocional y, a menudo,
emocionante de comunicarnos. No estoy en contra de eso. Pero hay cosas que sólo
la conversación puede aportarnos y es importante admitirlo”.
Conversaciones en cuatro sillas. Matizado el hecho de que no propone el cara a
cara en detrimento de los mensajes y que ésa es una discusión en la que no
cree, Sherry analiza la conversación en todas las esferas y para ello recurre a
las tres sillas que imaginó el escritor y filósofo Thoreau cuando se retiró al
estanque Walden: las
conversaciones con "una silla" -las que mantenemos con nosotros
mismos, en soledad-; las de dos sillas -las charlas con los amigos- y las de
tres sillas -las que se producen en el mundo laboral y educativo-. No obstante,
la psicóloga añade una "cuarta silla": para las conversaciones que
mantenemos con máquinas.
El 66% de los
trabajadores que participaron en una encuesta afirmó no ser capaz de
concentrarse en una sola cosa debido a las nuevas tecnologías.
Lo irónico es que
"los padres se quejan
de que los niños no quieren hablar con ellos porque están ocupados con el
teléfono a la hora de comer; los hijos se quejan de que sus padres hacen lo
mismo". No entienden que "las conversaciones en el seno de la
familia son el campo de entrenamiento de la empatía y que no hay mejor manera
de desincentivar el bullying que dotar a los niños de la capacidad de ponerse
en el lugar del otro y reflexionar sobre el impacto de sus acciones". Dice
la autora que "estamos privando a los niños no sólo de palabras, sino
también de adultos que los miren a los ojos". Y lanza una pregunta al
aire: ¿Prestaremos atención si, una década después, temerosos de quedarnos
solos, nuestros hijos nos muestran el precio que hemos pagado?”. Primer paso:
recuperar la atención. Una
encuesta realizada en 2013 demostró que un 20% de la gente entre 18 y 34 años
contestaba al teléfono mientras mantenía relaciones sexuales. Nueve de cada 10
estudiantes afirma enviar mensajes de texto en clase. El 80% duerme con sus
móviles. Un 44% admite que nunca desconecta. "Recuperar la
conversación empieza por recuperar nuestra atención", explica Turkle, que
afirma que "las primeras generaciones de niños que crecieron con teléfonos
inteligentes no saben cómo entablar una conversación ni se sienten cómodos
cuando lo hacen, les provoca ansiedad". De hecho, los estudios citados en
el libro demuestran que quienes pasan mucho tiempo conectados tienen menor
capacidad para identificar sentimientos. Son menos empáticos y menos creativos.
La amistad, recoge el ensayo, también se resiente porque parece que "ahora
consiste en estar siempre disponible, siempre alerta, por si hay alguna
emergencia". Y ahí viene otra paradoja: cuando estamos separados:
hipervigilancia. Cuando estamos juntos: falta de atención. El mundo laboral
tampoco es ajeno a esto. Cientos de empresarios entrevistados para el libro
reconocen sin titubeos que la conversación cara a cara es "un requisito
para construir confianza, para vender algo y para cerrar un trato", además
de mejorar la productividad y las relaciones entre empleados. La cuarta silla
que incorpora Turkle hace referencia a la tentación que sentimos no sólo de
hablar a través de máquinas sino de hablar con máquinas. "El término
inteligencia solía implicar sensibilidad, capacidad de percepción, conciencia,
discernimiento, razón, agudeza e ingenio. Y, sin embargo, ahora decimos
tranquilamente que las máquinas son inteligentes". Y ¿de qué hablamos
cuando hablamos sobre las conversaciones que mantenemos con las máquinas? "Hablamos
de nuestro miedo a los demás, de nuestras decepciones con los demás, de nuestra
falta de vida en comunidad, de nuestra falta de tiempo". Y mientras
"tratamos a las máquinas como si fueran casi humanas, tratamos a los seres
humanos como si fueran casi máquinas". Cierto. Su tesis nos deja tocados,
pero aún no hundidos. A pesar de este panorama, no es demasiado tarde.
"Tenemos tiempo para recordar quienes somos: criaturas con historia.
Criaturas de conversaciones toscas, arriesgadas y cara a cara". Por eso
"es hora de recuperarlo". Porque hablar no cuesta nada, pero la
conversación no tiene precio. ¿Qué podemos hacer desde ya?
Ø Disminuye la
velocidad, aprende a escuchar tu voz interior.
Ø Tómate tu tiempo y
tómate tiempo para estar tranquilo.
Ø Crea espacios sagrados
para la conversación.
Ø Habla con la gente con
la que no estés de acuerdo.
Ø Nuestros prejuicios
afectan tanto a nuestra conversación como nuestras distracciones.
Ø Intenta evitar pensar
en términos dicotómicos. (División de un
concepto o una materia teórica en dos aspectos, especialmente cuando son
opuestos o están muy diferenciados entre sí).
Ø El mundo digital se
basa en elecciones binarias, pero nuestro pensamiento no puede operar de ese
modo.
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'Hay una pelicula , ahora se puede ver en Youtobe."El dilema de las redes
sociales", un buen documental de Netflix sobre los peligros de internet que a veces cae en
las trampas que denuncia |
De
todo ello habla un poco, picoteando de forma ligera, este nuevo documental de
Netflix. Absolutamente todas las voces que hablan en él lo hacen desde el
conocimiento profundo del tema: psicólogos expertos en adicción, ensayistas
expertos en desconexión digital y, sobre todo, ex-empleados de Google,
Facebook, Twitter o Instagram que saben de primera mano cómo funcionan las
mecánicas de esas redes. Al fin y al cabo, las crearon ellos.
Es
ciertamente impresionante ver a una gran cantidad de genios tecnológicos,
algunos creadores de ingredientes de tanto impacto en nuestra vida
cotidiana como el botón de "Me gusta" o la versión primigenia de
Instagram, reconocer que han puesto su grano de arena en la creación de un
monstruo. En el tramo final del documental, uno de ellos afirma que nunca
creyeron que algo que estaba pensado para transmitir positividad y buen rollo,
como el mencionado botón de "Me gusta", iba a servir para justo lo contrario: crear
adictos a la aceptación ajena, ser usado como arma arrojadiza y como atajo para
la división política.
Otros
invitados son fascinantes por su implicación en algo abiertamente diabólico
desde su misma definición: por ejemplo, expertos en 'growth hacking', una
disciplina que literalmente definen como "piratear la psicología de la
gente" para conseguir más interacciones y que invites a más usuarios.
Es decir, responsables de un ansia desproporcionada de crecimiento... pero
luego esos ingenieros aparecen compungidos y dando charlas por la desconexión
digital y advirtiendo de los peligros de sus propias IAs laberínticas y fuera
de control. ¡Y el cargo que ostentaban estaba solo un peldaño por debajo de
"Señor del mal"!
Un documental irregular pero
necesario
Juntos
-los convencidos, los arrepentidos y los iluminados- conforman el amplio
espectro de entrevistados por el director del documental, Jeff Orlowski. Son
gente como Tim Kendall, ex-director de monetización de Facebook; Jeff Seibert, ex-jefe de
producto de consumo de Twitter; Justin Rosenstein, coinventor de las páginas de
Facebook, y muchos más. El proyecto nació cuando Orlowski se enfrentó a la
realidad de los negacionistas del cambio climático. ¿Por qué había tantos y por
qué estaban tan convencidos?
El
documental intenta dar respuesta a eso explicando los sofisticados mecanismos
de persuasión de las redes sociales y por qué creemos que el algoritmo nos
muestra cosas que nos interesan, pero eso no es del todo cierto. Más bien las
plataformas nos manipulan para que nos interese lo que nos enseñan a través de
contenidos relacionados, lo que nos polariza y nos hace creer en verdades
absolutas y sn posibilidad de relativización.
El
documental hace un estupendo trabajo en su labor expositiva. Conceptos
abstractos o que hacen referencia a procesos informáticos complejos bajan a
tierra de forma efectiva gracias a las instructivas declaraciones de los
responsables de redes sociales, y otros profesionales implicados lateralmente
en el tema de los daños que internet hace en la sociedad. El problema es
que a veces el documental se rebaja a hacer aquello mismo que denuncia.
Para que no todo sean bustos parlantes en la producción, Orlowski rueda una serie de episodios de ficción en la que vemos el impacto en una familia del mal uso de las redes sociales. A veces es instructivo: entendemos con facilidad, por ejemplo, cómo incluso en momentos en los que no tenemos un móvil a mano, el sistema se las arregla a través de nuestra red de contactos para llamar la atención. El problema está cuando decide dar un paso más allá y llevar a los personajes por un camino autodestructivo que es creíble y posible, pero que hace poco por dar credibilidad al mensaje de advertencia de 'El dilema de las redes sociales', pecando de cierto simplismo.
Lo
mismo sucede con algunas piezas inspiradas en 'Del revés', la película de
Pixar, donde vemos antropomorfizados los procesos de las redes sociales para
mantener enganchados a sus usuarios. Es simpático y la intención es buena, pero
hace que el documental caiga de nuevo en su propia trampa: afirma que la
información que nos llega a través de Facebook es simplista y está polarizada,
y Orlowski usa caricaturas grotescas para simbolizar el poder de las redes
sociales. Estas caricaturas son indudablemente pedagógicas y están ahí con la
mejor de las intenciones, pero un tema tan serio y amenazante pedía un
tratamiento más sobrio.
El
resultado, no obstante, es interesante, sobre todo por la calidad de los
invitados que acuden a contar su experiencia desde las tripas de la bestia. Si
bien en el tramo final el documental se centra en aspectos menos interesantes
que los mecanismos de prestidigitación psicológica que convierten a Facebook o
Instagram en artilugios tan infecciosos, e insistentemente se niegan a señalar
a culpables con nombres y apellidos, esta producción es un estupendo
primer paso antes de inmersiones más profundas en la materia.








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